En Berlín vamos a parar en lo de Anne, una investigadora alemana que conocí en Buenos Aires y que nos ofreció gentilmente quedarnos en su casa mientras ella está trabajando en México. Ella comparte su departamento del barrio de Kreuzberg con una chica que debía esperarnos y darnos la llave. Pero resulta que esta chica no va a estar en Berlín. Que, parece, vuelve el miércoles a la noche. Nosotros llegamos a Berlín a las 9 de la mañana. No recuerdo en particular esta estación del Eurolines, pero sí sé que en algunos lugares, como en la Gare du Nord de Bruselas, el colectivo te deja en la calle. No hay consigna ni nada que se le parezca. Sí recuerdo de Berlín que tuvimos que viajar bastante para llegar al centro. Así que aunque hubiera consigna en la estación de micros, la cosa no mejora.
Le estoy escribiendo a todas las personas que vamos a conocer allá. Por momentos me desespero y el tono se me crispa. Martin, el amigo de mi prima Laura, me escribe que no me haga problema, que en Berlín todo es fácil, que vayamos para Kreuzberg y dejemos las cosas en algún café hasta la noche. Hicimos eso la vez pasada en Amsterdam. Pero mi naturaleza obsesiva, anticipatoria y por qué no racional, no me permite entregarme a esa idea tan go with the flow. Me imagino sentada en un café todo el día con las valijas y me quiero matar. Hasta deliro que la chica con la que vamos a convivir no va a responder mi último y desesperado mail y que no tendremos dónde parar en Berlín. Ahí ya quiero resucitar y matarme de vuelta.
Lectores, ¿alguna idea?
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lunes, 2 de noviembre de 2009
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